El valor de compartir lo que sabes

Junio de 1999, no sabía qué hacer aún con mi vida. Tenía 17 años y lo único que sabía bien era que religiosamente debia estar despierto antes de las siete de la mañana para escuchar a un argentino de apellido Giacosa, que tenía un programa en una radio de no mucha audiencia pero que, para mí, a esa edad era, de lejos, lo más interesante de mi día. Recuerdo que soñaba hablar francés como él y que me dejaba impresionado todo lo que conocía sobre tantos temas y tantas personas de tantos países. Recuerdo que lo acompañaba en su programa un tal (Renato) Cisneros y que en sus conversaciones del programa matinal de dos horas, maldecía a la susodicha radio por no darles una hora más para poder seguir escuchando sus tertulias.

Recuerdo aún sus historias sobre las novelas clásicas, sobre el origen de algunas palabras, sobre política internacional, sobre personajes históricos. Deseaba tanto poder leer todo lo que él había leído que aprendí a renegar conmigo mismo cuando caía en la cuenta que no sabía el por qué de algo. Aprendí escuchándolo que lo apasionante son las personas que saben contar las historias y no las historias en sí. Aprendí que puedes conocer a una persona sin conocerla en persona solo escuchándola o leyéndola. Aprendí que uno puede ser mentor y ser maestro sin conocer a alguien, solamente compartiendo lo (poco o mucho) que uno sabe. Aprendí que lo que quería hacer en la vida era saber y saber tanto como él.

Hace unos años cuando publicó su autobiografía (no autorizada), corrí a comprarla y la leí toda el mismo día. Hoy, por esos golpes de suerte en la vida, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente y conversar con él, le pedí que me firmara su libro que conservo hace casi una década e incluso nos tomamos una foto en mi oficina. Hoy le conté historias, que el contó hace casi dos décadas en la radio, que no he olvidado y que incluso él mismo ya no recordaba. Las recuerdo como si fueran de ayer. Todo pues una de las personas a las cuales le debo mi pasión por la lectura y por lo bonito que es aprender es a Guillermo Giacosa.

Gracias por tanto, gracias por compartir lo que sabes, maestro.

 

dav

Oiga usted, edúqueme por favor

Escribir es un arte. De niño me decían: “quien bien escribe bien piensa”, y me lo tomé en serio cual escena de película de terror que te marca la infancia. Escribimos mal. Hasta mis mejores y más inteligentes amigos lo hacen y me incluyo. Porque escribir mal no es solamente firmar horrores ortográficos en tus escritos sino también no usar adecuadamente esos vehículos que transportan nuestras ideas llamados palabras, que bien combinados podrían ser un desfile europeo de autos clásicos de lujo pero que -para terminar la analogía- terminan siendo no más que un muladar de carcachas desvencijadas al acribillar la belleza del idioma y degradar el nivel de comunicación con el paupérrimo uso que le damos. 
Leo con frecuencia que culpamos al nivel educativo de nuestro país por nuestra falta de competitividad en todos los niveles. Es cierto, pero la educación formal, tal y como la conocemos, ocupa una parte de nuestra niñez y juventud, por ende si es que en un mediano plazo logramos alcanzar esa competitividad que tanto deseamos ¿qué pasará con aquellos que ya no pueden regresar al colegio o a la universidad pues están ocupados produciendo y trabajando y no disponen de más tiempo para la educación?. La repuesta a esta interrogante requiere de un cambio de paradigma en nuestras mentes y que me lleva a esa famosa frase de Mark Twain que dice: “nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación”. 
La educación no es necesariamente equivalente al nivel de instrucción, ni a la formación académica que recibimos sino a la capacidad intelectual y social que cada individuo es capaz de desarrollar en base al aprendizaje, ya sea a través de experiencias, observación, lectura, etcétera y que se evidencia, por ejemplo, en nuestra capacidad de comunicarnos de manera escrita. Todo esto, sin embargo, es la consecuencia mas no la causa del problema. La raíz del problema se inicia temprano en la vida y va desde la nula capacidad de entender lo que uno lee, pasando por la poca motivación de generar hábito de lectura y de dar facilidades para que este ocurra -diccionarios, libros didácticos y lectura en grupo- y puede llegar hasta el poco estímulo que el entorno da al aprendizaje autónomo, es decir si no me enseñan no lo aprendo. 
Hoy es casi imposible decir que uno no sabe algo porque “no me lo han enseñado”. La educación dejó de ser una etapa de la vida para pasar a ser una experiencia de toda la vida. Personalmente, más que la formación académica de un individuo valoro su capacidad de adaptarse, aprender y aplicar el conocimiento que actualmente todos podemos adquirir. El mundo ha cambiado y mucho. A Jeff Bezos, fundador y CEO de Amazon, le preguntaron alguna vez qué es lo que iba a cambiar en el futuro, a lo que él respondió que prácticamente todo va a cambiar y que le era más fácil decir qué es lo que no iba a cambiar. Nuestro entorno -desde la competencia por un puesto con el compañero de trabajo o universidad hasta en las empresas que nos brindan productos y servicios- se torna cada vez más competitivo, enfermizamente competitivo, y la diferencia entre quién sobrevive y quién no, se da por la rapidez con la que nos adaptamos y aprendemos, sin embargo no es a la competencia con el otro a la que hay que tenerle miedo sino a la incompetencia de uno mismo. 
Por ello la siguiente vez que tengamos que escribir, tomémonos un tiempo para revisar la calidad de nuestro escrito y en caso hallemos algún error, investiguemos, corrijámoslo y aprendamos de nuestro error pero por favor que lo último que se nos ocurra decir sea: “oiga usted, edúqueme por favor”.